El Kindle y la inercia

enero 17, 2008

Kindle

Tengo un amigo que, desde hace algún tiempo, baraja la posibilidad de montar una librería y, puede que a medio plazo, una editorial.

Tiene totalmente claro el tipo de libros que quiere vender, el público que desea captar y el ambiente que le gustaría que tuviera. También es bastante consciente de sus posibilidades de éxito -o de mera subsistencia-, tiene una estrategia bien definida, una competecia conocida y unos riesgos bien medidos.

De repente, ha aparecido algo que le ha roto los esquemas: el Kindle de Amazon.

La más o menos remota visión de un futuro con gente descargándose libros en sus casas mientras millones de librerías cierran en todo el mundo le preocupa y le descoloca, como un invitado no deseado que se ha colado en su fiesta.

Evidentemente, mi amigo tenía en la fortaleza física de los libros -a diferencia de la de la música- una gran confianza y, aunque no la pierde del todo, siente que su idea y su futuro negocio pueden estar amenazados.

En un primer momento, comprendí perfectamente su pesadumbre y me limité a tranquilizarle con el manido discurso del largo camino por recorrer para que el Kindle sea un electrodoméstico masivo tipo iPod, de la casi nula adecuación con los tipos de libros que él quiere vender, de la librería como lugar de encuentro, etc.

Pero, ya pensado en frío, creo que da igual. Vamos a poner que el Kindle tenga un éxito brutal, que todas las editoriales pasen sus libros a formato electrónico, que las nuevas versiones sean delgadas, flexibles, conectables entre sí, agradables al tacto, impermeables, plegables… Vamos a poner todo eso y más.

¿Qué pasaría?

Mi amigo -aunque no es precisamente un especialista tecnológico- tiene menos de 30 años, trabaja con un ordenador y está habituado a manejarse en Internet. No conozco el nivel de digitalización de los libreros y editores de Madrid, pero pienso que si sumamos las características de mi amigo a inherente flexibilidad de quien está empezando, éste no sale muy mal parado en la comparativa con sus competidores.

¿Por qué entonces este miedo a lo desconocido? ¿Por qué percibir los cambios en un sistema como una amenaza y no como una oportunidad? ¿Por qué no continuar con su idea y estar atento a los cambios para saber qué decisiones tomar en cada momento? ¿Por qué esa predilección por la inercia, por lo malo conocido?

Ayer comí con mi amigo y me despedí de él con un emotivo “¡a la felicidad por la electrónica!” que, por sus risas y por la complicidad berlanguiana que nos une, creo que interpretó con gran ironía.

Y la verdad es que yo iba totalmente en serio.

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